Me traslado a blogger, por una simple cuestión de comodidad. Adieu.
http://angulosextranos.blogspot.com
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Agarró el tenedor con el que estaba comiendo en ese momento y dio un golpe contundente sobre la mesa.
-¡Por allí, lo acabo de ver!
Y salió disparado tras un ratón que, según él, se había pasado toda la semana riéndose a su costa. Mi abuelo era un ser impetuoso. Tanto como para empezar a dar golpes en la pared con un tenedor a fin de asustar al pequeño roedor lo suficiente para que saliese ondeando un retalillo blanco entre sus dientes diminutos.
Evidentemente eso no sucedió, y mientras él seguía aporreando la pared yo buscaba algún orificio por el que pudiese haber salido o entrado un hipotético ratón.
- Abuelo, no puede ser.
-Ese bandido me despierta por las noches, se pasea por el desván y oigo sus pasos como si fuera una estampida de búfalos. Se come el alpiste de mis pájaros. ¡Y luego querrá comerse mi queso!, ¡Y mis calcetines!
Las pocas ocasiones en las que conseguía reducir su furia senil con alguna historia que lo distrajese, veía cómo su mirada se dirigía lentamente hacia las paredes y seguía un trazado perfecto. Un recorrido posible de un ratón hipotético. Dos días más tarde, en mi siguiente visita, el recorrido de su mirada se encontraba tallado en la pared. Mi abuelo sujetaba con fuerza en sus manos un martillo y una escarpa con los que había dejado al aire toda la instalación eléctrica de la habitación.
-Ahora no escapará- sentenció mientras contemplaba su obra y recuperaba el resuello.
Una semana después, una ambulancia se lo llevaba por haber inhalado demasiado veneno para roedores. Pero eso no le detuvo. Al volver a casa, unos días más tarde, le vi aparecer con una jaula gigantesca en la cual -todavía no se cómo pudo hacerlo- había encerrado a todos los gatos callejeros del barrio. Se había agenciado un guante de malla y andaba lanzando mininos asustados hacia el interior de su casa. Mi abuelo se curvaba con una risa maliciosa cada vez que cerraba la puerta tras lanzar a un pobre gato al recibidor. Aquello superó cualquier cosa que hubiera imaginado. Me lancé sobre su brazo y le aparté de la puerta.
-¿Se puede saber qué demonios estas haciendo? ¡Te has vuelto loco!
Abrí las puertas de la casa de par en par y ahuyenté a todos los gatos que encontré. Saltaban por encima de los sofás hasta dar con la puerta hacia su libertad, truncada por un breve periodo por un chiflado enjuto y de pelo blanco.
A partir de entonces el asedio fue implacable: Inundó las paredes de agua hasta que la pintura y el yeso saltaron como escamas de pez. Llenó el suelo de trampas para ratones. Cuando se cansó de pisar trampas, rociaba escamas de queso por el suelo y se sentaba en un rincón armado con un escurridor de verduras, respirando sin hacer ruido, esperando la salida del pequeño roedor. Dejó de comer y se despertaba de madrugada para atacar las paredes. Las insultaba y golpeaba. Gritaba que algún día se las haría pagar todas juntas. Dos semanas más tarde, mis padres decidieron internarle en el ala psiquiátrica del hospital de las Hermanas de la Caridad.
Sus nervios se controlaron. Poco a poco su fijación dejó paso a un buen humor y a una distensión de ánimo que yo no había visto en años. En una de mis visitas, me confesó algo que no esperaba oír.
- Hemos hecho una tregua. -Anunció- Un pequeño pacto entre caballeros. Algo así cono quedar en tablas.
-¿En tablas? ¿Un pact… ¿De que me estás hablando, Abuelo?
- ¡El Ratón! -Increpó en voz baja- Hemos sellado un pacto de no agresión. ¿Ves? Yo le doy queso y le dejo vivir a su aire y él respeta mi sueño por las noches.
Dicho esto sacó un pequeño trozo de queso del bolsillo de su bata y apoyó sus manos a modo de cuenco sobre el regazo con la diminuta bola en ellas. Antes de que pudiese darme cuenta, un hociquillo asomaba por el horizonte de sus piernas postradas sobre la cama, persiguiendo el aroma del botín que se le ofrecía. Subió sobre las manos de mi abuelo, que lo alzó a la altura de sus ojos y lo giró hacia donde yo me encontraba.
- Este es mi nieto Carlos. ¡Anda, salúdale!
Hace tiempo, cuando nuestras prisas y nuestra falta de escrúpulos arrasaron la mayor parte del ozono de la atmósfera, convertimos nuestro mundo en un infierno. Cuando hicimos de nuestra capa un sayo y tuvimos que alimentarnos de seres que jamás nos hubiéremos llevado a la boca, nos tocó expiar nuestros pecados y asumir nuestra responsabilidad. Descubrimos cuantas cosas podríamos haber hecho antes de esperar que los gobernantes de las grandes potencias moviesen ficha. Por suerte, la ciencia nunca se rindió, y dada la situación, se puso al mando de la nueva lucha.
Fuimos recluidos en ciudades cúpula de lo que se llamó “tecnología verde”.Todo siguió igual a simple vista, solo que el cielo que veíamos, no era tal. Lo reciclábamos todo, desde la ropa y la basura hasta los ladrillos de las casas que se derribaban. Todo se aprovechaba, todo se remendaba. No se podía fabricar nada que no estuviera ya creado. Se cerraron las fabricas. La bolsa y la especulación perdieron todo sentido y poco a poco, con la reticencia de los antiguos dueños del planeta, desaparecieron. El dinero tampoco tenía ya razón de ser. Se acabó prescindiendo de todo aquello que no tuviese una utilidad práctica y el ocio se empezó a basar en cosas que requirieran poco tiempo y recursos de preparación. La gente trabajaba con las manos y se comunicaba. La industria del cine desapareció en los primeros años. Las grandes cadenas de televisión cerraron y solo quedó abierto un canal educativo ante la falta de espacio para crear escuelas. La gente volvió a leer. Los teatros se convirtieron en el pasatiempo favorito.
En algunas zonas, donde las antiguas cárceles quedaban fuera de los núcleos poblados, se quiso prescindir de ellos y no se les dio protección frente a la radiación. Sorprendentemente, y para escarnio de aquellos que así lo decidieron, muchos de ellos sobrevivieron y se hicieron inmunes a las altas temperaturas y a la radiación solar. Le llamábamos los twaregs y eran acogidos en cualquier casa con respeto, pues de ellos dependió en gran medida nuestra subsistencia. Recolectaban del exterior especies vegetales que volvían a brotar, necesarias para alimentarnos y para crear nuevos medicamentos, ya que la producción intensiva era costosa y empezó a verse como una aberración. La temperatura regulada ayudó a que la proximidad y el encierro pasara sin sobresaltos y a que el calor no nos volviese agresivos. Se erradicaron el cáncer de piel y gran parte de las alergias ambientales.
Todos nos dimos un respiro. Nosotros recuperamos la vida que habíamos perdido en pos de la fama, el poder y el dinero. La tierra poco a poco también se recuperó. Cien años después de la construcción de la primera cúpula volvimos a salir al exterior y aprendimos a respetar aquello que tan generosamente se nos había ofrecido.
«Tras un día agotador y en busca de un poco de calma a mis sentidos, me refugié en mi biblioteca en busca del libro perfecto para la ocasión. Me puse las gafas de ver de cerca y atiné con un volumen pesado que no tenía rótulos en el lomo. Vaya -pensé- Este ejemplar está aquí desde hace muchos años, pero yo, empeñado en leer complicada filosofía, nunca le había prestado atención. Debe tener tantos años como mis hijos, que ya son padres. Soplé delicadamente sobre las hojas del libro, aún cerradas, y una nube de polvo blanco revoloteó por la estancia, y lejos de hacerla irrespirable, la iluminó de un modo sutil. Despertó mi curiosidad de tal modo que decidí dejarme llevar por sus historias.
Me recosté en mi viejo butacón en la postura ideal para ponerme a navegar por maravillosas fábulas y me dispuse a leer, cuando noté una ligera presión sobre mi pie izquierdo. Me incorporé para ver qué había caído sobre mi zapatilla y, sorprendido, encontré una pequeña hada verde sentada sobre mi dedo gordo.
-¡Pero que cosa tan bonita!
No fui capaz de controlar mi entusiasmo al ver aquel diminuto ser sobre mi zapatilla y la pequeña hada, asustada, levantó el vuelo rápidamente hasta subir por encima de mis ojos.
-No te asustes pequeña. No te voy a hacer daño. Sólo quiero verte. Eres… eres una cosita preciosa.
Tras revolotear alrededor de mi cabeza, se posó sobre una estantería y me miró detenidamente, no sin cierto aire de desprecio.
- ¿Te gustan mis plumas negras?-preguntó altiva.
-¿Plumas negras? Yo sólo veo -toqué levemente con la yema de los dedos sus delicadas alas para que se desplegasen- unas alitas de colores casi transparentes y preciosas. Pero no veo esas plumas negras de las que hablas.
-¿Colores? Oh, vamos, los cuervos no tenemos alas de colores.
Intenté sofocar mi risa dándole forma de carraspera y volví a mirarla, creyendo estar en un sueño.
-Pero tú no eres un cuervo. Los cuervos son muy serios, y traen malas noticias, tú eres un hada, y las hadas sois buenas. ¿Verdad?
-¡¡Yo no soy un hada!! ¡¡Cómo tengo que decírtelo!!
-De acuerdo, un cuervo.
No quería que se enfadase innecesariamente. Sólo que se quedase allí conmigo para contemplarla y poder dar fe de su existencia. Aunque jamás pudiera hablar de esto a nadie sin que me tachase de loco. Revoloteó hasta aposentarse sobre la mesa de la biblioteca y echó un vistazo a los papeles que se amontonaban sobre ella. Alzó el vuelo sujetando una de las hojas hasta levantarla y comenzó a leerla detenidamente.
-¿Esto lo has escrito tú?- Me preguntó.
-Así es -le respondí aliviado creyendo que el extraño malentendido había terminado.- Quiero escribir un libro de cuentos infantiles para mis nietos. Y ahora que estoy jubilado tendré más tiempo para hacerlo…
La pequeña hada soltó el papel dejándolo caer de nuevo sobre la mesa y me miró con cierto brillo en sus ojos.
-Escribes cuentos…-afirmó con una voz femenina y sugerente como no se la había oído antes. Ese cambio de tono no podía ser fruto de mi imaginación. De repente dejaba de comportarse como un animalito perdido para mostrarse extrañamente seductora.
- ¿Escribirías para mí?
-Ppues… bueno- Vi cómo alzaba de nuevo el vuelo y se dirigía lentamente hacia mí.- ¿Y sobre qué te gustaría que escribiese?
-Sobre lo que tú quieras -dijo con la voz más sugerente que nunca. Rozó mi mejilla con sus alas al pasar hacia mi espalda.- Me gusta mucho que me cuenten cuentos. ¿Me contarás cuentos? -Susurró.
-Claro, si tú quieres…
Me giré para volver a tenerla cara a cara. Pero en lugar de un hada pizpireta me encontré una muchacha, de mi estatura, que me miraba entre seductora y desafiante. Sus alas habían desaparecido y sus ropajes negros caían lánguidos resaltando su incomparable belleza. Hizo una leve mueca de sonrisa y se acercó lentamente a mí.
-Te has comprometido. Ahora no te puedes echar atrás.
Tragué saliva mientras se acercaba más y más. Caminó alrededor de mi como antes lo había hecho mediante sus alas y me miró de reojo al hacerlo.
-Ya puedes empezar.
Poco tiempo después de aquella visita, de la que jamás pude hablar con nadie, mi mujer y mis hijos decidieron que lo mejor para mí era ingresarme en este psiquiátrico. Mi vida se había reducido a escribir y escribir. Cuanto más escribía, más creativa estaba mi mente y más se apoderaba de mi aquella maldita criatura.
He procurado no pensar en nada, pero las ideas vienen a mí aunque no las busque. Creo que es ella, que me da el alimento necesario para volver a por mí y absorber de nuevo lo que me queda de vida. No soy más que otro cerdo al que alimenta de fantasías novelescas para devorarlo después, pues de ello vive.
Me alegro cuando el enfermero me inyecta los sedantes y mi mente se vacía. En esos momentos creo que he ganado la batalla, pero la guerra sigue en pie.
Ahora, con la poca lucidez que me queda y antes de que esa zorra de las tinieblas vuelva a por mí, quiero avisaros de que existe. Quiero avisaros de que os encandilará, como lo hizo conmigo. Acabad con ella antes de que sea demasiado tarde.»
-Maldito loco, cada día estoy mas harto de estos chiflados. Menos mal que éste ya la ha palmado. ¿Con qué demonios crees que ha escrito todo eso?
Dos enfermeros miraban con desidia la carta póstuma que el anciano había dejado escrita en la pared. Uno de ellos se acercó para ver el relieve de las letras. En la habitación no había pintura, ni lápices, ni nada con lo que pudiera escribir. El viejo renunció a tenerlos “para no caer en tentaciones” había dicho. Tras mirar detenidamente la pared, olisqueó para intentar reconocer el origen de la tinta y encogió rápidamente el gesto. Miró a su alrededor y encontró tirado en el suelo, muy cerca de donde habían hallado el cuerpo del anciano, una pequeña rama, seguramente arrancada del magnolio que crecía junto a la ventana de la habitación. Siguió revisando el suelo para dar con un orinal sucio. levantó la vista y miró al otro enfermero que empezó a atar cabos.
-Oh, no, no, no.-Se echó las manos a la cabeza. Ahora comprendía por qué olía tan mal en la habitación.
Se esmeraron en limpiar las paredes y volver a pintarlas rápidamente, para volver a ocupar la celda con un nuevo esclavo de su propia mente, pero nadie reparó en lo que en ella decía. Bajo las capas de pintura, el mensaje de aviso desapareció para siempre.
Terminado el engorroso turno. Uno de ellos de dirigió hacia su coche. Se detuvo delante de la puerta para buscar las llaves, que, tras sacarlas de su bolsillo, cayeron al suelo. Al agacharse a por ellas vio una sombra extraña bajo su auto. Se acercó para ver qué era y descubrió un voluminoso libro de cuentos forrado en piel y sin letras en el lomo. Miró a su alrededor por si encontraba a quien lo hubiera perdido pero no vio a nadie.
-Tiene unas ilustraciones fantásticas. Quizás las pueda copiar para practicar un poco.
Cerró el libro y sopló sobre las tapas para sacudirle el polvo que pudiera haber cogido en el suelo. Lanzó el libro sobre el asiento trasero, se sentó y arrancó el motor.
En ese preciso instante, desde el espejo retrovisor, presenció cómo una extraña luz verde se movía tras él.
Hace días me retaron
a terminar un poema:
¡metapoesía era el tema!
mis dedos se acobardaron.
¿Pueda sonar vehemente
y falto de disimulo
si respondo abiertamente
que se me da como el culo?
Me considero prosaica
en su mayor acepción,
debería pedir perdón
por una expresión tan laica.
Rima fácil, tiro hecho…
Góngora se haría cruces…
…si antes no diera de bruces
contra el mármol de su lecho…
y es que por más que yo intente
ser de Quevedo un pupilo
en verso no tengo estilo.
Quien me contradiga, miente.
Recorrió el pasillo de luces rojas como una exhalación, abrió la puerta como si fuera a derribarla. Ella, que estaba dándose los últimos retoques en su disfraz de serpiente, giró la cabeza en dirección a la puerta. Entre desafiante e indolente, sonrió.
- ¡Greg! No sabes cuanto me alegro de verte, me tenías abandonada -se acercó a él con sigilo y se agarró al pecho de su camisa mientras se contorsionaba alrededor de su presa-, pensaba que te habías olvidado de mí. ¡Te he echado tanto de menos!
- ¿Estás segura? -la sujetó de su larga y roja melena rizada tirando de su cabeza hacia atrás con fuerza. -Yo a ti te he recordado todos los días. ¡Todos los putos días, maldita zorra!
Lucy abrió los ojos, desencajados, intentando fingir no saber lo que se le venía encima. Intentando disimular lo que era más que evidente. Greg la agarró de los hombros y la lanzó sobre la descomunal cama, de la que fue deslizándose hacia el suelo por invitación de las sábanas de raso.
- ¿No ves algo en mí, cómo decirlo… diferente? ¿No me ves más delgado? ¿Quizás algo cambiado?
- Yo te veo muy bien, Greg -recitó Lucy con la cara más inocente que podía recordar.
- ¡Cómo te atreves, jodida puta!
Se fue hacia ella con las garras por delante, la estampó contra el suelo mientras Lucy gritaba y pataleaba. Greg se subió a horcajadas sobre ella sujetándole con fuerza las muñecas y cargando todo el peso del cuerpo encima de sus delgados brazos, de modo que apenas podía respirar con aquel hombre enloquecido aplastándole los pulmones.
- ¿Se puede saber qué te pasa? ¡Estás loco! ¡No me pagas tanto como para aguantar todo esto!
- ¿No? ¡Pues devuélvemelo! Llevo tres meses de hospital en hospital, queriendo creer que todo esto no es más que una pesadilla de la que despertaré. Sí. Creyendo que el próximo médico, que la próxima prueba que me realice me dirá que todo ha sido un lamentable error. Que no me pasa nada. Que todo esto no ha sucedido. Queriendo despertar de nuevo junto a mi mujer y no recordar nada de toda esta maldita mierda. Y sobre todo, quiero despertar y descubrir que tú no eres más que una pesadilla.
- Yo nunca te he llamado, eres tú el que vino a mí. ¡Eh! ¿Se puede saber qué demonios me estás reclamando ahora? –
Levantó la cabeza con fuerza chocando con la de él. El corte en la ceja que le propinó, consiguió que le soltase los brazos y poder zafarse del jinete loco. Se retiró pataleando el suelo, hacia atrás.
- ¡No me culpes de haber perdido a tu mujer! ¿Tanto la querías? Entonces por qué sigues viniendo aquí?
Se incorporó del suelo con media sonrisa y se colocó de rodillas, en postura de fiera. Greg seguía también en el suelo, en posición fetal, tocándose la frente y gimiendo
- ¿No te atrevías con ella?.
- ¡Ni se te ocurra volver a hablar de mi mujer!
- Ya no es tu mujer!
Greg se giró sobre el suelo tomando la misma posición que ella, estaban a cuatro patas uno frente al otro a solo unos centímetros.
- Sí, me ha dejado. Me ha dejado porque tengo el SIDA. Porque tú, maldita perra avariciosa me has contagiado. Porque a ti la agarra fuerte del cuello a través de su larga melena roja- te ha importado una mierda contagiarnos a todos. ¿Tanto te gusta el dinero?
- Me haces daño-intentó replicar en ruido ronco.
- Tú me estás matando, ¡así que cállate! ¿Cuántos más? ¿Eh? ¿A cuántos más has contagiado con tu avaricia?
Lucy giró su cuerpo en un alarde gatuno por liberarse de aquel loco. Los dos acabaron rodando por la habitación hasta que chocaron con una de las paredes. ella se levantó y corrió hacia la puerta del armario donde guardaba los artilugios que le requerían compañías como Greg. Antes de que él pudiera abalanzarse de nuevo sobre Lucy, ésta consiguió alcanzar una porra y girarse con toda la energía que le permitían sus ya mermadas fuerzas. Le salió bien. Greg yacía a sus pies retorciéndose de dolor y escupiendo sangre.
- Ahora te vas a estar quietecito -dejó la porra y encendió el Taser.- y vamos a hablar como adultos. ¿Qué a cuántos he contagiado? Pues supongo que a todos aquellos que, como tú, -le da un puntapié en el trasero tras pasar por encima de él- me han pagado autenticas barbaridades a cambio de no usar protección. A todos los pervertidos que, como tú, me hacen posible pagarme la carrera y vivir bien a cambio de que yo también me deje mucho con esto. Sí, seguramente a este paso podré permitirme no dar golpe hasta que termine el postgrado.Lo miró y empezó a reírse, con una risa floja, como si todo aquello le hubiese parecido una broma tonta. Se sentó en el borde de la cama con las piernas abiertas y apoyó los codos en las rodillas mientras mantenía el aparatito diabólico en sus manos. Clac, clac, clac
-¿Sabes qué es lo más gracioso? Que yo me enteré ayer de que soy portadora. Sinceramente, no me dais ninguna pena. Si venís es porque os interesa, así que no me hagáis responsable de vuestros actos.
Greg seguía tumbado en el suelo, de lado, tapándose la cara con los antebrazos, gimoteando y escupiendo, al ritmo de “maldita zorra, has acabado con mi vida”. Lucy se levantó pausadamente de la cama y se dirigió a la puerta de la habitación en busca de su ángel de la guarda: Leo.
Leo las protege de los demás y de sí mismas, Leo es el único hombre en el que pueden confiar y al que jamás harían daño. Leo las cuida como si fuesen niñas perdidas. Leo es un peluche de casi dos metros de altura, gigantescos músculos, piel de ébano y olor dulce y almizclado en el que se refugian cuando tienen un mal día. Su cometido principal era librarlas de tipos que perdían los estribos como Greg. Recorrió el largo pasillo en busca de su protector pero no lo encontró. Tampoco le extrañó que tras toda la pelea con Greg, nadie hubiese ido a ver si tenía problemas. Los gritos eran algo habitual. Pero no entendía por qué no estaba allí. Algo frío le rozó la nuca mientras un brazo insistente la sujetaba del estómago. Sintió el aliento de Greg, pausado y mordaz, en su oído. En un acto reflejo traidor, soltó el Taser.
- ¿Buscas a tu chulo negro? No está.
- No es mi chulo. Suéltame!
- No va a venir a salvarte. Esta vez no. Nadie va a venir a salvarte.
La arrastró de nuevo hacia la habitación. La sentó en el suelo colocándose a su espalda de cuclillas. Le estiró del pelo y le metió el cañón del revolver en la boca.
-Venga, hazme ahora otra demostración de chulería como la de antes. Vaaamoooos, repítelo.
Los ojos de Lucy comenzaron a aguarse. Dos lágrimas cayeron de sus ojos de gata salvaje. Las últimas. Greg apoyó firmemente su cabeza en la de Lucy, las dos en el objetivo del cañón.
- ¡Mmmh!, ¡mmmh!, ¡¡mmmmhh!!
¡Bang!.