Ángulos Extraños

13 Enero 2008

El Ratón

Guardado en: Cuentos — Rakel Archer @

RatasAgarró el tenedor con el que estaba comiendo en ese momento y dio un golpe contundente sobre la mesa.
-¡Por allí, lo acabo de ver!

Y salió disparado tras un ratón que, según él, se había pasado toda la semana riéndose a su costa. Mi abuelo era un ser impetuoso. Tanto como para empezar a dar golpes en la pared con un tenedor a fin de asustar al pequeño roedor lo suficiente para que saliese ondeando un retalillo blanco entre sus dientes diminutos.
Evidentemente eso no sucedió, y mientras él seguía aporreando la pared yo buscaba algún orificio por el que pudiese haber salido o entrado un hipotético ratón.
- Abuelo, no puede ser.
-Ese bandido me despierta por las noches, se pasea por el desván y oigo sus pasos como si fuera una estampida de búfalos. Se come el alpiste de mis pájaros. ¡Y luego querrá comerse mi queso!, ¡Y mis calcetines!

Las pocas ocasiones en las que conseguía reducir su furia senil con alguna historia que lo distrajese, veía cómo su mirada se dirigía lentamente hacia las paredes y seguía un trazado perfecto. Un recorrido posible de un ratón hipotético. Dos días más tarde, en mi siguiente visita, el recorrido de su mirada se encontraba tallado en la pared. Mi abuelo sujetaba con fuerza en sus manos un martillo y una escarpa con los que había dejado al aire toda la instalación eléctrica de la habitación.
-Ahora no escapará- sentenció mientras contemplaba su obra y recuperaba el resuello.
Una semana después, una ambulancia se lo llevaba por haber inhalado demasiado veneno para roedores. Pero eso no le detuvo. Al volver a casa, unos días más tarde, le vi aparecer con una jaula gigantesca en la cual -todavía no se cómo pudo hacerlo- había encerrado a todos los gatos callejeros del barrio. Se había agenciado un guante de malla y andaba lanzando mininos asustados hacia el interior de su casa. Mi abuelo se curvaba con una risa maliciosa cada vez que cerraba la puerta tras lanzar a un pobre gato al recibidor. Aquello superó cualquier cosa que hubiera imaginado. Me lancé sobre su brazo y le aparté de la puerta.
-¿Se puede saber qué demonios estas haciendo? ¡Te has vuelto loco!
Abrí las puertas de la casa de par en par y ahuyenté a todos los gatos que encontré. Saltaban por encima de los sofás hasta dar con la puerta hacia su libertad, truncada por un breve periodo por un chiflado enjuto y de pelo blanco.

A partir de entonces el asedio fue implacable: Inundó las paredes de agua hasta que la pintura y el yeso saltaron como escamas de pez. Llenó el suelo de trampas para ratones. Cuando se cansó de pisar trampas, rociaba escamas de queso por el suelo y se sentaba en un rincón armado con un escurridor de verduras, respirando sin hacer ruido, esperando la salida del pequeño roedor. Dejó de comer y se despertaba de madrugada para atacar las paredes. Las insultaba y golpeaba. Gritaba que algún día se las haría pagar todas juntas. Dos semanas más tarde, mis padres decidieron internarle en el ala psiquiátrica del hospital de las Hermanas de la Caridad.

Sus nervios se controlaron. Poco a poco su fijación dejó paso a un buen humor y a una distensión de ánimo que yo no había visto en años. En una de mis visitas, me confesó algo que no esperaba oír.

- Hemos hecho una tregua. -Anunció- Un pequeño pacto entre caballeros. Algo así cono quedar en tablas.

-¿En tablas? ¿Un pact… ¿De que me estás hablando, Abuelo?

- ¡El Ratón! -Increpó en voz baja- Hemos sellado un pacto de no agresión. ¿Ves? Yo le doy queso y le dejo vivir a su aire y él respeta mi sueño por las noches.

Dicho esto sacó un pequeño trozo de queso del bolsillo de su bata y apoyó sus manos a modo de cuenco sobre el regazo con la diminuta bola en ellas. Antes de que pudiese darme cuenta, un hociquillo asomaba por el horizonte de sus piernas postradas sobre la cama, persiguiendo el aroma del botín que se le ofrecía. Subió sobre las manos de mi abuelo, que lo alzó a la altura de sus ojos y lo giró hacia donde yo me encontraba.

- Este es mi nieto Carlos. ¡Anda, salúdale!

3 Diciembre 2007

Uno de hadas

Guardado en: Cuentos — Rakel Archer @

Human tales«Tras un día agotador y en busca de un poco de calma a mis sentidos, me refugié en mi biblioteca en busca del libro perfecto para la ocasión. Me puse las gafas de ver de cerca y atiné con un volumen pesado que no tenía rótulos en el lomo. Vaya -pensé- Este ejemplar está aquí desde hace muchos años, pero yo, empeñado en leer complicada filosofía, nunca le había prestado atención. Debe tener tantos años como mis hijos, que ya son padres. Soplé delicadamente sobre las hojas del libro, aún cerradas, y una nube de polvo blanco revoloteó por la estancia, y lejos de hacerla irrespirable, la iluminó de un modo sutil. Despertó mi curiosidad de tal modo que decidí dejarme llevar por sus historias.

Me recosté en mi viejo butacón en la postura ideal para ponerme a navegar por maravillosas fábulas y me dispuse a leer, cuando noté una ligera presión sobre mi pie izquierdo. Me incorporé para ver qué había caído sobre mi zapatilla y, sorprendido, encontré una pequeña hada verde sentada sobre mi dedo gordo.

-¡Pero que cosa tan bonita!

No fui capaz de controlar mi entusiasmo al ver aquel diminuto ser sobre mi zapatilla y la pequeña hada, asustada, levantó el vuelo rápidamente hasta subir por encima de mis ojos.

-No te asustes pequeña. No te voy a hacer daño. Sólo quiero verte. Eres… eres una cosita preciosa.

Tras revolotear alrededor de mi cabeza, se posó sobre una estantería y me miró detenidamente, no sin cierto aire de desprecio.

- ¿Te gustan mis plumas negras?-preguntó altiva.

-¿Plumas negras? Yo sólo veo -toqué levemente con la yema de los dedos sus delicadas alas para que se desplegasen- unas alitas de colores casi transparentes y preciosas. Pero no veo esas plumas negras de las que hablas.

-¿Colores? Oh, vamos, los cuervos no tenemos alas de colores.

Intenté sofocar mi risa dándole forma de carraspera y volví a mirarla, creyendo estar en un sueño.

-Pero tú no eres un cuervo. Los cuervos son muy serios, y traen malas noticias, tú eres un hada, y las hadas sois buenas. ¿Verdad?

-¡¡Yo no soy un hada!! ¡¡Cómo tengo que decírtelo!!

-De acuerdo, un cuervo.

No quería que se enfadase innecesariamente. Sólo que se quedase allí conmigo para contemplarla y poder dar fe de su existencia. Aunque jamás pudiera hablar de esto a nadie sin que me tachase de loco. Revoloteó hasta aposentarse sobre la mesa de la biblioteca y echó un vistazo a los papeles que se amontonaban sobre ella. Alzó el vuelo sujetando una de las hojas hasta levantarla y comenzó a leerla detenidamente.

-¿Esto lo has escrito tú?- Me preguntó.

-Así es -le respondí aliviado creyendo que el extraño malentendido había terminado.- Quiero escribir un libro de cuentos infantiles para mis nietos. Y ahora que estoy jubilado tendré más tiempo para hacerlo…

La pequeña hada soltó el papel dejándolo caer de nuevo sobre la mesa y me miró con cierto brillo en sus ojos.

-Escribes cuentos…-afirmó con una voz femenina y sugerente como no se la había oído antes. Ese cambio de tono no podía ser fruto de mi imaginación. De repente dejaba de comportarse como un animalito perdido para mostrarse extrañamente seductora.

- ¿Escribirías para mí?

-Ppues… bueno- Vi cómo alzaba de nuevo el vuelo y se dirigía lentamente hacia mí.- ¿Y sobre qué te gustaría que escribiese?

-Sobre lo que tú quieras -dijo con la voz más sugerente que nunca. Rozó mi mejilla con sus alas al pasar hacia mi espalda.- Me gusta mucho que me cuenten cuentos. ¿Me contarás cuentos? -Susurró.

-Claro, si tú quieres…

Me giré para volver a tenerla cara a cara. Pero en lugar de un hada pizpireta me encontré una muchacha, de mi estatura, que me miraba entre seductora y desafiante. Sus alas habían desaparecido y sus ropajes negros caían lánguidos resaltando su incomparable belleza. Hizo una leve mueca de sonrisa y se acercó lentamente a mí.

-Te has comprometido. Ahora no te puedes echar atrás.

Tragué saliva mientras se acercaba más y más. Caminó alrededor de mi como antes lo había hecho mediante sus alas y me miró de reojo al hacerlo.

-Ya puedes empezar.

 

Poco tiempo después de aquella visita, de la que jamás pude hablar con nadie, mi mujer y mis hijos decidieron que lo mejor para mí era ingresarme en este psiquiátrico. Mi vida se había reducido a escribir y escribir. Cuanto más escribía, más creativa estaba mi mente y más se apoderaba de mi aquella maldita criatura.

He procurado no pensar en nada, pero las ideas vienen a mí aunque no las busque. Creo que es ella, que me da el alimento necesario para volver a por mí y absorber de nuevo lo que me queda de vida. No soy más que otro cerdo al que alimenta de fantasías novelescas para devorarlo después, pues de ello vive.

Me alegro cuando el enfermero me inyecta los sedantes y mi mente se vacía. En esos momentos creo que he ganado la batalla, pero la guerra sigue en pie.

Ahora, con la poca lucidez que me queda y antes de que esa zorra de las tinieblas vuelva a por mí, quiero avisaros de que existe. Quiero avisaros de que os encandilará, como lo hizo conmigo. Acabad con ella antes de que sea demasiado tarde.»

 

-Maldito loco, cada día estoy mas harto de estos chiflados. Menos mal que éste ya la ha palmado. ¿Con qué demonios crees que ha escrito todo eso?

Dos enfermeros miraban con desidia la carta póstuma que el anciano había dejado escrita en la pared. Uno de ellos se acercó para ver el relieve de las letras. En la habitación no había pintura, ni lápices, ni nada con lo que pudiera escribir. El viejo renunció a tenerlos “para no caer en tentaciones” había dicho. Tras mirar detenidamente la pared, olisqueó para intentar reconocer el origen de la tinta y encogió rápidamente el gesto. Miró a su alrededor y encontró tirado en el suelo, muy cerca de donde habían hallado el cuerpo del anciano, una pequeña rama, seguramente arrancada del magnolio que crecía junto a la ventana de la habitación. Siguió revisando el suelo para dar con un orinal sucio. levantó la vista y miró al otro enfermero que empezó a atar cabos.

-Oh, no, no, no.-Se echó las manos a la cabeza. Ahora comprendía por qué olía tan mal en la habitación.

Se esmeraron en limpiar las paredes y volver a pintarlas rápidamente, para volver a ocupar la celda con un nuevo esclavo de su propia mente, pero nadie reparó en lo que en ella decía. Bajo las capas de pintura, el mensaje de aviso desapareció para siempre.

 

Terminado el engorroso turno. Uno de ellos de dirigió hacia su coche. Se detuvo delante de la puerta para buscar las llaves, que, tras sacarlas de su bolsillo, cayeron al suelo. Al agacharse a por ellas vio una sombra extraña bajo su auto. Se acercó para ver qué era y descubrió un voluminoso libro de cuentos forrado en piel y sin letras en el lomo. Miró a su alrededor por si encontraba a quien lo hubiera perdido pero no vio a nadie.

-Tiene unas ilustraciones fantásticas. Quizás las pueda copiar para practicar un poco.

Cerró el libro y sopló sobre las tapas para sacudirle el polvo que pudiera haber cogido en el suelo. Lanzó el libro sobre el asiento trasero, se sentó y arrancó el motor.

En ese preciso instante, desde el espejo retrovisor, presenció cómo una extraña luz verde se movía tras él.

 

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